Por Moisés Catedral
A unos días de que ruede el balón, la zona metropolitana de Guadalajara opera como un organismo sometido a una tensión inusual. El paisaje urbano se ha dividido de manera tajante: por un lado, los pasillos relucientes del Estadio Guadalajara y los corredores hoteleros blindados, por el otro, las colonias de Zapopan y los barrios del oriente que asimilan el costo de la parálisis vial. El eslogan oficial insiste en que el torneo pertenece a la gente, pero la terca realidad de la logística y el mercado sugiere algo muy distinto. El gran torneo del siglo veintiuno parece estar diseñado para un consumidor global que habita una burbuja temporal, mientras la población local subsidia la fiesta con su tiempo, su paciencia y sus calles.
El impacto económico expone con claridad este desequilibrio. La derrama de más de 11 mil millones de pesos se anuncia con triunfalismo en los despachos gubernamentales, pero su destino está predeterminado. El beneficio se concentra en las grandes cadenas de hospedaje y los corporativos que operan bajo exenciones fiscales. Para el ciudadano común, el beneficio se diluye ante el incremento desmedido en el costo de los servicios más básicos, desde las tarifas de transporte por aplicación hasta los insumos cotidianos en el centro histórico. El comercio tradicional, lejos de florecer, enfrenta las restricciones de acceso impuestas por el perímetro de la FIFA. El operativo “Última Milla”, que cierra el paso vehicular a tres kilómetros a la redonda del estadio, resume la filosofía del evento: el entorno se desaloja y se vuelve prohibitivo para quien lo habita todos los días.
La distancia que separa a esta Guadalajara de la que albergó el Mundial de 1986 es abismal. Hace cuarenta años, México arrastraba las heridas del terremoto del 85 y una crisis económica severa, pero el tejido social conservaba una vocación comunitaria que hoy se percibe lejana. En aquel verano, la Copa del Mundo se volcó a las calles. El barrio participaba de forma orgánica y la fiesta, con todas sus carencias, se respiraba en las plazas públicas sin necesidad de pases de abordar ni códigos QR. La sociedad de entonces mantenía un optimismo que, aunque ingenuo, permitía la apropiación del espacio.
Hoy, cuatro décadas después, el optimismo ha sido reemplazado por un escepticismo justificado. La realidad nacional y local se ha vuelto densa, compleja y dolorosa. Guadalajara ya no es la provincia grande y pacífica de los ochenta. Es una metrópoli de más de cinco millones de habitantes que convive con una crisis humanitaria que los reflectores internacionales no logran apagar. El despliegue de tecnología de punta, los arcos carreteros y las miles de cámaras del C5 se presentan como el gran logro de la seguridad pública, pero las calles del centro muestran otra iconografía: las fichas de búsqueda pegadas por colectivos de familias que intentan recordar al mundo que el territorio tiene ausencias profundas.
En 1986, el fútbol operó como un bálsamo colectivo, un respiro necesario dentro de la precariedad económica. En 2026, el torneo se vive como un examen de infraestructura y un ejercicio de contención donde el ciudadano de a pie es un espectador periférico. Las nuevas obras de movilidad, como la Línea 5, se aceleraron para cumplir con las exigencias del comité organizador, evidenciando que la planeación urbana responde con mayor eficacia a los compromisos externos que a las demandas históricas de la población.
Al final, la pregunta sobre para quién se juega este Mundial encuentra su respuesta en las dinámicas de exclusión que genera. La fiesta del pueblo se ha convertido en un producto de exportación altamente regulado. Lo que se vive hoy en Guadalajara no es el entusiasmo desinteresado de una comunidad que celebra el juego, sino la adaptación forzada de una sociedad que observa cómo su ciudad se transforma en un set de televisión para audiencias remotas. El torneo se juega para las marcas, para las transmisiones internacionales y para el turismo de alto poder adquisitivo. Al tapatío le queda el orgullo de ser la sede, el peso del tráfico, y la certeza de que, cuando las luces de la FIFA se apaguen, la realidad de la ciudad seguirá esperando exactamente en el mismo lugar.
