Por Tania Jasso Blancas
Cada cuatro años se repite el mismo ritual.
Las cámaras llegan primero.
Después aparecen las banderas, los discursos, las campañas publicitarias y las promesas de prosperidad.
Los estadios se convierten en símbolos nacionales.
Los gobiernos hablan de unidad.
Las corporaciones hablan de desarrollo.
Los medios hablan de fiesta.
Y durante algunas semanas parece que el mundo entero se pone de acuerdo para mirar hacia el mismo lugar.
La pregunta es qué ocurre fuera del encuadre.
¿Qué pasa con aquello que no aparece en la transmisión?
¿Qué realidades desaparecen cuando miles de millones de personas fijan la mirada en una cancha?
Porque los Mundiales no solo producen campeones.
También producen narrativas.
Y las narrativas son una de las herramientas más poderosas del poder.
Nos dicen que el Mundial es una celebración deportiva.
Y lo es.
Pero también es un negocio multimillonario.
Una plataforma de propaganda.
Un escaparate para gobiernos.
Un instrumento de legitimación política.
Un mecanismo capaz de transformar conflictos sociales complejos en ruido de fondo.
Mientras las cámaras enfocan estadios repletos y ceremonias espectaculares, otras historias quedan fuera de la imagen.
Quedan fuera los barrios desplazados para dar paso a proyectos inmobiliarios.
Quedan fuera los maestros que exigen sus derechos laborales.
Quedan fuera los trabajadores que construyen, limpian, vigilan y sostienen la maquinaria del espectáculo en condiciones frecuentemente precarias.
Quedan fuera las personas migrantes que enfrentan fronteras cada vez más militarizadas.
Quedan fuera las familias que buscan a sus desaparecidos.
Quedan fuera las comunidades que ven cómo los espacios públicos se privatizan en nombre del desarrollo.
Quedan fuera quienes pagan el costo de una fiesta a la que nunca fueron invitados.
Los gobiernos lo saben.
Por eso les interesa tanto organizar estos eventos.
Porque durante unas semanas pueden presentarse ante el mundo como ejemplos de modernidad, estabilidad y éxito.
Las cámaras muestran avenidas impecables, estadios relucientes y multitudes celebrando.
Lo que rara vez muestran son las heridas que permanecen abiertas detrás de esa escenografía.
No es algo nuevo.
A lo largo de la historia, los grandes eventos deportivos han servido para construir relatos nacionales, fortalecer liderazgos políticos y mejorar la imagen de gobiernos cuestionados.
El deporte no es el problema.
El problema es el uso político del deporte.
El problema es que los gobiernos han aprendido que un estadio lleno produce mejores imágenes que una protesta llena.
Que una ceremonia de inauguración genera más titulares que una denuncia por violaciones a los derechos humanos.
Que una afición eufórica resulta más conveniente que una ciudadanía organizada.
Por eso los megaeventos deportivos se han convertido en una herramienta extraordinaria para administrar el descontento y fabricar consensos.
Nos dicen que el Mundial unirá a los pueblos. Pero las fronteras continúan cerrándose para quienes migran.
Nos dicen que traerá desarrollo. Pero rara vez explican para quién.
Nos hablan de una fiesta global. Y toda fiesta tiene anfitriones y convidados. Pero también tiene quienes limpian después. Quienes pagan la cuenta. Y quienes se quedan afuera.
El Mundial de 2026 se celebrará en México, Estados Unidos y Canadá.
Tres países atravesados por profundas desigualdades sociales.
Tres países donde millones de personas enfrentan dificultades para acceder a vivienda, salud, trabajo digno y seguridad.
Tres países donde existen comunidades desplazadas, personas desaparecidas, trabajadores precarizados y poblaciones migrantes sometidas a múltiples formas de violencia.
Nada de eso desaparecerá cuando ruede el balón.
Las desapariciones no se suspenden durante un Mundial.
La pobreza no toma vacaciones.
Las fronteras no se vuelven más humanas.
La injusticia no se detiene durante noventa minutos.
Por eso resulta urgente mirar más allá de los estadios.
Preguntarnos quién gana realmente con este espectáculo.
Quién obtiene beneficios económicos.
Quién acumula poder.
Quién construye prestigio internacional.
Y quién paga las consecuencias.
Porque la verdadera pregunta no es qué selección levantará la copa.
La verdadera pregunta es qué realidades intentan ocultarse detrás de ella.
Los Mundiales pasan.
Las fotografías oficiales envejecen.
Los fuegos artificiales se apagan.
Los estadios terminan vaciándose.
Pero las desigualdades cubiertas temporalmente por banderas, patrocinadores y transmisiones en alta definición permanecen mucho después del silbatazo final.
Y tal vez esa sea la tarea más importante del periodismo, de los medios independientes y de la ciudadanía crítica: negarse a mirar únicamente donde apuntan las cámaras.
Buscar aquello que el espectáculo intenta dejar fuera de cuadro.
Nombrarlo.
Contarlo.
Y recordarle al mundo que la realidad siempre es mucho más grande que un estadio.
