Mientras Shakira canta, una madre buscadora sigue cavando.
Mientras J Balvin hace brincar a miles de personas frente a un escenario iluminado con tecnología de última generación, algún maestro de la CNTE recibe golpes por exigir derechos laborales.
Y mientras las cámaras transmiten al mundo una coreografía donde personas con penachos y trajes tradicionales bailan reguetón alrededor de celebridades internacionales, México vuelve a convertirse en una postal exótica diseñada para el consumo extranjero.
La escena resulta difícil de mirar.
No porque las culturas indígenas deban permanecer congeladas en el pasado, sino porque una vez más son reducidas a escenografía. Los penachos dejan de ser símbolos culturales para convertirse en accesorios visuales. Los pueblos originarios dejan de ser sujetos políticos para transformarse en decoración. La diversidad cultural se vacía de historia, de lucha y de significado para convertirse en un producto exportable.
Es el viejo colonialismo vestido de espectáculo.
El mismo país que margina comunidades indígenas, que les niega acceso a derechos básicos, que permite el despojo de sus territorios y que suele ignorar sus demandas, las exhibe orgulloso cuando necesita construir una imagen amable frente a las cámaras internacionales.
El mensaje es claro: sus voces pueden ser ignoradas, pero sus símbolos siempre serán bienvenidos cuando haya que entretener turistas o vender una marca país.
Mientras tanto, afuera del estadio Ciudad de México, miles de personas intentan romper el silencio.
Madres buscadoras levantan fotografías de sus hijos e hijas desaparecidos. Integrantes de la CNTE marchan por justicia laboral. Estudiantes y organizaciones defensoras de derechos humanos denuncian la violencia y la impunidad que atraviesan el país.
Dos realidades se enfrentan.
Una diseñada para las cámaras.
La otra condenada a permanecer fuera del encuadre.
El Mundial no viene a mostrar quiénes somos.
Viene a ocultar aquello que incomoda.
Y para lograrlo necesita fuegos artificiales, celebridades y penachos bailando reguetón mientras el país real sigue exigiendo justicia detrás de las vallas.
