Por Carlos García Benítez
Desde siempre, la memoria
La memoria es principio y fin de nuestro ser en el mundo; sin duda, estamos aquí por la facultad de la memoria. Todos los saberes a fin de cuentas son uno o muchos actos de memoria, paradójicamente, recordar siempre va de la mano con el olvido, hecho que marca un universo de tensión humana. No por ello, el célebre filósofo Platón, dedicó varios pasajes de su obra, entre otras, Menon, para meditar sobre la reminiscencia y el devenir humano. En un corte veloz, y según la psicología y la sociología, se pueden deslindar dos provincias de la memoria: la individual y la colectiva, aunque en efecto, con frecuencia, se tocan irremediablemente.
Acaso, como una bella apuesta, uno puede tener o suponer, ciertos controles sobre la memoria individual, pero cuando se entra en el territorio de la memoria colectiva, lo pantanoso del camino, revela sus complejidades, porque ahí operan las voluntades e intereses más allá de una decisión personal, ahí se activa, irremediablemente, el poder político que se adjudica la facultad de seleccionar e imponer los pasajes que hacen la memoria de una sociedad. Para diversas estudiosas y estudiosos de la ciencia política, como Priscilla B. Hayner o Guillermo O’Donnell, el caso de la memoria histórica, es uno de los senderos más espinosos de andar, porque ahí se institucionalizan las versiones de lo que “estamos condenados a recordar y replicar”, señala Hayner; es un derrotero que pendulea entre la exclusión, la ficción, la perversión y el “control social” añade O’Donnell.
La memoria histórica sólo es posible si cuenta con un andamio narrativo de pasajes, escenarios, actores y también de las improntas simbólicas que la sostienen. Hay pistas de esto en los libros de historia, sobre todo los de texto; los museos y la propia industria cultural, pero está también en los espacios que habitamos y por los que transitamos, ámbitos que son de interés reflexivo para los arquitectos y urbanistas. El arquitecto Juhani Pallasmaa, en su libro, Los ojos de la piel, señala que cuando salimos a la calle enfrentamos al mundo con nuestro cuerpo, que la ciudad nos apabulla sensorialmente, que está así dispuesta porque algo quiere decir, o “alguien quiere que diga algo”, la ciudad, “no es artefacto aislado o autosuficiente”, advierte.
Relatos de poder
Históricamente, el poder político en turno ha monopolizado el relato histórico y de memoria inscrito en el espacio público, encumbrando con metal y concreto ciertos pasajes y figuras a conveniencia, para empujar una cartografía estelar a modo, la historia desde arriba diría el historiador Georges Lefebvre. Así, se ha construido una memoria histórica de efigies a la carta, complaciente, para hacer una ruta cívica sin fracturas, pero que omite los conflictos reales, repele la diferencia y, peor aún, diluye la violencia estructural que vive gran parte de la sociedad, hecho, que no habita en sólo en el pasado, sino que está vigente en nuestros días.
El ejemplo contundente de esta cartografía del poder, en la Ciudad de México (CDMX), lo representa el Paseo de la Reforma. Su construcción inició en 1864, durante el Segundo Imperio, el de Maximiliano de Habsburgo, y originalmente recibió el nombre de Paseo de la Emperatriz, en honor a su esposa, Carlota. En sus primeros años funcionó como una vía casi exclusiva para la corte imperial y sus carruajes. Tras la caída del Imperio y el triunfo de la República, en 1867, dejó atrás ese nombre y, durante un breve periodo, fue conocido como Paseo Juárez o Calzada de Degollado. Finalmente, en 1872, el presidente Sebastián Lerdo de Tejada lo denominó Paseo de la Reforma, en homenaje a las leyes y al movimiento liberal de la Guerra de Reforma. Más tarde, durante el gobierno de Porfirio Díaz (1876-1911), la avenida adquirió su carácter de memoria monumental. Se prolongó su trazo, se construyeron glorietas y camellones arbolados, se instalaron ciertos monumentos dedicados a héroes nacionales. En ese mismo proceso de monumentalización, en 1910 se inauguró el Ángel de la Independencia, como parte de las celebraciones por el centenario de la Independencia. El Paseo de la Reforma se convirtió, por muchos años, en una ruta clave para encumbrar la memoria simbólica oficial a la ciudad.

Los antimonumentos, la historia desde abajo
Los vaivenes de la historia no son monolíticos, antes bien, son un universo en tensión como lo han hecho ver los historiadores, en especial, los de la Escuela francesa de los Annales; en esos vaivenes, siempre se abren intersticios por donde se filtra el reclamo de las clases pobres, sí, “La historia desde abajo”, apunta Lefebvre, es cuando la sociedad se organiza y abre territorios de resistencia y enciende la disputa de posicionamientos al poder político en turno. En ese sentido, el espacio público se ha convertido en una arena para la contienda, en palabras de Jürgen Habermas, la esfera pública deviene entonces en un gran “Templete ideológico”. Si bien, el espacio público como sitio de protesta, es una práctica añeja, un nuevo acto de resistencia se dio en nuestro país con el levantamiento de los antimonumentos, expresiones cimentadas con la memoria y dolor de las víctimas de un sistema opresor y represor. Si bien, el descontento social ya se había manifestado desde los espacios públicos oficiales, en una suerte de intervención del espacio para resignificarlo y hacer visibles las demandas sociales, con los antimonumentos ese descontento, articuló una acción interesante: la manifestación humana se puede ir, pero con los antimonumentos el reclamo supera el tiempo y el espacio, y se queda anclado a los cimientos de la ciudad, sí, como un grito constante y perpetuo.



Los antimonumentos son expresiones desde abajo, que buscan visibilizar las violencias y las injusticias que han marcado la historia reciente, en efecto, son expresiones de memoria. En otras partes del mundo también hay memoriales, pero en México, los antimonumentos impusieron una tipología trágicamente única, esto en lo que respecta a los monumentos de paisaje que se erigen en las ciudades contemporáneas del mundo. Los antimonumentos no convocan sólo al recuerdo, sino que reclaman y denuncian. Enarbolan una memoria en tránsito, porque los hechos que reclaman siguen ocurriendo. Acaso cuando se contemplan, en ese mismo instante, en algún lugar del país, está ocurriendo una terrible página de lo que denuncian desde el espacio público. “Sólo a la luz de la esfera pública se revela aquello que existe, se vuelve visible todo para todos”, sentencia Habermas cuando el espacio público se vuelve el ágora del reclamo.
Los sitios de memoria resultan un arma profundamente legítima, rompen con el monopolio estatal sobre la gestión de la memoria en la traza de la ciudad, y se erigen como fórmulas comunicativas y de información ante la censura de los grandes medios de comunicación, al tiempo que se constituyen como formas de lucha pacífica. A menudo, los antimonumentos surgen del esfuerzo colectivo: se construyen con recursos de las víctimas, de donaciones solidarias y mediante el trabajo, muchas veces, voluntario. Para Alfredo López Casanova, escultor, activista e integrante del colectivo Huellas de la Memoria, “Las acciones de denuncia y de construcción de la memoria, con el tiempo, se fueron desgastando y era necesario tener otras estrategias de lucha y de ahí surgieron otras expresiones, como los antimonumentos, y eso fue un salto cualitativo en esa lucha por la memoria, fue una iniciativa que nació desde abajo, con las familias de las víctimas que se apropiaron espacios de la ciudad para visibilizar y denunciar las violaciones de sus derechos humanos o los de sus familiares perpetradas por el Estado”.
En la disputa por la memoria, desde abajo, varios de los antimonumentos en la CDMX se han colocado justo en el Paseo de la Reforma, inaugurando un corredor llamado La Ruta por la Memoria, y que inició en abril de 2015 con la instalación del Antimonumento +43, en memoria de los estudiantes de Ayotzinapa y otras víctimas de desaparición forzada en el país. Con este acto, se erigió un andador en paralelo al de la memoria oficial, el de las memorias del dolor: las de las personas desaparecidas, las de las víctimas de la violencia feminicida, las de las víctimas de la explotación laboral, las del desplazamiento forzado, las de las víctimas resultado de la negligencia y la corrupción, las de las víctimas caídas en cumplimiento de su labor periodística, las que consuma el crimen organizado y las que resultan por la violencia generada por el propio Estado.
Los antimonumentos conmemoran procesos abiertos y heridas vigentes. Su finalidad es interpelar a la sociedad y al Estado. El historiador de arte, Ernst Gombrich, señala en su obra Los usos sociales de las imágenes, que toda recreación visual toma rutas significativas cuando algún elemento formal quiebra una continuidad, en una suerte de acento visual, que sirve para subrayar y enfatizar un sentido, los acentos visuales no siempre se suman a una atmosfera dominante festiva, si no que tienen un gesto disruptivo que, como en el caso de los antimonumentos, se clavan en el mirada a manera de disrupción visual que demandan la atención, los antimonumentos son un acento visual que proclaman un fraseo común: memoria, verdad, justicia y no repetición. Por ello, su presencia para ciertos órdenes es incómoda y disruptiva: rompen la aparente normalidad del espacio público y recuerdan los agravios a la sociedad perpetrados o ignorados por el poder en turno.




El juego sucio para los antimonumentos en el Mundial de futbol
La disputa por la memoria en el espacio público, desde los antimonumentos, ha sido persistente, así como los intentos del gobierno en turno para neutralizarlos y confrontarlos, ya permitiendo que actores ajenos los dañen o porque “él mismo se encarga de hacerlo”, denuncian las y los colectivos que los erigieron, hecho que significa violentar y ofender la memoria doliente de un sector del pueblo que clama por justicia; un pueblo que, en el discurso, el gobierno convoca para legitimarse, pero que en los hechos abandona a su peor suerte. El golpeteo a los antimonumentos ha tomado distintas modalidades, desde impedir su colocación, negar su protección, o incluso, permitir que sean vandalizados, hecho que muchas veces ocurre en el misterioso anonimato de la noche, el colectivo Voces de la Ausencia, por ejemplo, ha denunciado cómo su antimonumento, Voces Abrazando Voces, más de una vez ha sido violentado durante la noche. Una y otra vez, lo han maltratado y le han robado el sistema eléctrico que lo ilumina, “Sí, el interés es apagarlo para evitar que se vea”, sostiene Mari Zamora, integrante del colectivo, y quien busca a su hija Vianey Berenice Macías Zamora, desaparecida el 14 de septiembre de 2016, “Nos quieren invisibilizar y borrar de la realidad que en el país hay familias que llevamos años sufriendo por nuestros familiares muertos o desaparecidos, porque somos familias rotas, incompletas de manera injusta”, añade Rosy Fragoso, otra integrante del colectivo y quien busca a su hija Karen Estefanía Domínguez Fragoso, desaparecida desde el 27 octubre del 2018.
No obstante, durante el mundial de futbol, la disputa por la memoria, desde los antimonumentos, ha tomado otro matiz, que puede explicarse como otra etapa histórica de este fenómeno, una donde el Estado ha decidido abandonar la violencia de baja intensidad y ha elevado el nivel de agresión hacia los antimonumentos, y por supuesto a sus colectivas, una etapa donde sale del anonimato nocturno y ataca también a plena luz del día, utilizando para ello a distintas dependencias del propio gobierno. El antecedente no es nuevo, en abril de 2024, fue destruido El Muro de la Memoria, que fue instalado por colectivos de víctimas y activistas frente a la Fiscalía General de la República, cada mosaico del muro tenía grabado el rostro y una huella del zapato de la víctima; los colectivos de las víctimas señalaron que personal de la propia dependencia fue el encargado de llevar a cabo aquella destrucción.
Ese antecedente de borramiento o agravio de la memoria se reactivó durante el presente Mundial de futbol. El jueves 18 de junio de 2026, diversas personas buscadoras se dieron cita en La Glorieta de las y los Desaparecidos para llevar a cabo varias acciones de memoria y resistencia, entre ellas una que, para las familias, al menos hasta hoy, se ha vuelto parte de su cotidianidad y destino: la pega de fichas de búsqueda de sus seres queridos. Entre ellas está Gabriela Díaz Valverde, ella busca a su hermana Mariela Vanessa Díaz Valverde, estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, quien el 27 de abril de 2018, salió de su casa a rumbo a su escuela, pero jamás regresó a su hogar. Gabi, está de nuevo aquí, “otra vez, y las veces que sea necesario” señala; no la doblega ni la gripe que esta vez la abruma y aclara: “por eso hoy me cargo mi cubre bocas”, negro, por supuesto, de luto; porta una camiseta de la selección mexicana de futbol con la foto de Mariela en el pecho y una chamarra negra porque hay amenaza de lluvia. Otra vez a la pega de fichas; ella certifica esta nueva etapa abierta de violencia del Estado en contra de su lucha y los antimonumentos y destaca: “en estos días mundialistas el gobierno se ha dado a la tarea maltratar nuestros espacios y quitar nuestras fichas de búsqueda para aparentar un país que vive en paz y negar que hay cientos de desparecidos”.

El 11 de mayo pasado, Viviana Mendoza, buscadora del estado de Guanajuato, justo en su respuesta al Informe sobre Desapariciones en México, que dio la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, y que reveló, al momento, más de 133 000 desaparecidos, coincidía con esa denuncia de limpieza sistemática de las fichas de búsqueda, “Ayer fuimos y pegamos un montón de fichas y cartulinas y cuando llegué a mi casa el Estado ya las había quitado porque eso le molesta y le incomoda”, enfatizó ese día en una intervención entrecortada por sollozos.




Se trata, entonces, de una operación de Estado, los señalamientos indagados, revelan que los operadores, pueden ser trabajadores de limpia, miembros de cualquier dependencia del gobierno, incluidos, en el caso de la CDMX, trabajadores de los Puntos de Innovación, Libertad, Arte, Educación y Saberes (PILARES), a quienes además se les obligó a vigilar o contener las manifestaciones antimundialistas. “Nos obligan a cubrir un horario de 05:30 am a 11:30 de la noche, y nos dan puntos de contención claros”. Quien esto refiere, por su seguridad laboral, pidió omitir su nombre, pero comparte un ejemplo de la guía de ruta que les imponen, disfrazada bajo el rubro de “Apoyos Mundialistas”, pidió también, por su seguridad, ocultar la sede específica y las indicaciones particulares. La ecuación, no es nueva: las y los trabajadores, por miedo a perder su trabajo, se ven sometidos a esas órdenes, la necesidad de subsistencia se vuelve operativa y coercitiva para vigilar y, en algunos casos, reprimir; el pueblo utilizado en contra del pueblo, pero ahora desde la maquinaria de la 4T.


Los casos más extremos de esta operación se han dado en las manifestaciones de las colectivas de buscadoras, donde el gobierno ha incluido su aparato policiaco represor, el “Monopolio de la violencia legítima del Estado” diría Max Weber. Ese que obstaculizó la libre manifestación y tránsito de los colectivos de buscadores que intentaban llegar al Estadio Azteca el 10 de junio, previo a la inauguración del Mundial. En el enfrentamiento entre los colectivos y los representantes del gobierno de la 4T, el reclamo no se contuvo y lo soltó uno de los manifestantes: “ustedes llegaron al gobierno marchando y manifestándose y hoy nos roban ese derecho”. Sí, quizá otro monopolio contemporáneo de la violencia legitima del Estado: atribuirse la facultad de decidir qué causas y qué demandas son dignas y autorizadas para tomar el espacio público, ¿acaso la tragedia humana y el dolor se podrán gestionar?



La defensa de los sitios de memoria como La Glorieta de las y los Desaparecidos ha tenido que desplegar, durante el Mundial de futbol, otras acciones de protesta, denuncia y resistencia que han incluido, las cascaritas antimundial, echando mano de la máxima de los movimientos estudiantiles de la década de 1960: “la imaginación al poder”. La cascarita antimundial, justo a contracorriente de la contienda mundialista oficial, busca devolver una práctica deportiva a su naturaleza primigenia, una experiencia que se impulsó desde abajo, con los trabajadores ingleses en las fábricas y los barrios pobres, pero que luego la voracidad capitalista despojó y “profesionalizó” desmembrando su naturaleza lúdica, deportiva, de sana de convivencia y organización colectiva y la transformó en un hiper negocio capitalista, bajo el dominio de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), con efectos rapaces y de explotación y que, perversamente, excluye de los estadios a los sectores pobres de la sociedad, imposibilitados para pagar el boleto más barato del evento, que implica un desembolso de miles de pesos. Las cascaritas en los antimonumentos también son un acto de memoria y resistencia, sobre el despojo cultural que perpetró capitalismo salvaje sobre este deporte.

Como preámbulo, e intermedio, de la cascarita antimundial del 18 de junio, se incluyó el pase de lista de las y los desaparecidos y un posicionamiento de las madres buscadoras que enfatizaron no estar en contra del Mundial, pero que sí lamentan no poder estar en su casa gozando de los partidos con sus familias, como todos los mexicanos, porque sus familias no están completas, están llenas de ausencias. En esta ocasión es María del Refugio Palcios Ruiz quien toma el micrófono y señala que esta búsqueda de sus seres queridos “nos ha llevado cambiar fiestas, convivencias, hemos perdido trabajo para agarrar una pala y un pico y salir a buscar a nuestros familiares, porque sólo las madres los encontramos”, pero no sólo se trata de madres buscadoras, también se trata de hijas buscadoras, como es el caso de la misma Refugio, quien busca a su madre Guadalupe Ruiz González, desaparecida el 30 de septiembre de 2024 en la CDMX.

Hace algunos años el teórico de arte Abi Warburg, en una disertación sobre los monumentos y la escultura de paisaje señalaba: “Estás viva pero no eres una amenaza”, pero hoy, en nuestro país los antimonumentos, parecen ser leídos en otra clave: “sí pueden ser una amenaza” cuando a través de ellos, los extranjeros que asisten al evento futbolero se enteran de que en México se práctica y se consciente la desaparición forzada de personas, y nace la consigna: “México campeón en desaparición”. “A eso le tiene miedo el gobierno, por eso hoy nos maltrata y también a nuestros monumentos”, dice otra buscadora y añade: “en medio de tanta gente ya no sabes quién nos los va a maltratar, parece que el gobierno se aprovecha de esa euforia y lo hace a propósito.”

Durante este mundial, un reclamo constante ha sido el de las buscadoras, y los embates, descalificaciones, burlas y agresiones del gobierno Federal y de la CDMX, han enfilado sus baterías en contra ellas, por eso su sitio de combate ha sido La Glorieta de las y los Desaparecidos, su antimonumento, hasta aquí han llegado buscadoras de distintos lugares del país, Tranquilina Hernández Lagunas, de la colectiva Familias Resilientes de Morelos, está aquí, ella busca a su hija Mireya Montiel Hernández, desaparecida 13 de septiembre de 2014, y quien no dudó, en la marcha del 10 de junio, en subir a una camioneta de la policía que les bloqueaba el camino rumbo al Estadio Azteca y levantar un trofeo de la copa del mundo para exigir la aparición de su hija; Lina, como se le conoce, minutos antes de esta acción, habría señalado: “ahora sí nos han dejado solas, la prensa nos abandonó, tenemos que venir hasta acá para que nos vean”, el reclamo se enmarca porque por esos días se llevaba a cabo en el panteón Pedro Amaro, de Jojutla Morelos, la sexta jornada de exhumación en una fosa irregular que sigue arrojando restos mortales de una pesadilla que inicio desde 2017.

Los combates desde el antimonumento de las y los desaparecidos, parecen interminables como el círculo de la Glorieta donde se encuentra, círculos de historias de dolor y apremio, “se está acabando el engrudo” alerta una voz, y pronto viene la reunión para solventar el problema, porque si algo han aprendido las colectivas es a sortear problemas. Esa tarde del 18 de junio comienza a caer una lluvia leve, pero la pega de fichas sigue, entre el murmullo de conversaciones salta la palabra UNAM, una mujer voltea y desafía “La UNAM, también debería hacer algo y debería estar aquí, con nosotras”, y sigue: “Porque mi hija también era de la Universidad, y ya no está aquí”, se trata de Vanesa Gámez, madre de Ana Amelí García Gámez, joven estudiante de Biología en la Máxima Casa de Estudios y practicante de senderismo, quien desapareció mientras realizaba este deporte en el cerro del Ajusco el 12 de julio de 2025. La queja de Vanesa arrecia, “las autoridades de la UNAM se han portado como cualquier fiscalía corrupta del gobierno, a las madres nos ignora y nos revictimiza”.



Meses atrás, la noche del 15 de mayo de 2026, este reclamo se expresó en el propio campus de la UNAM, a las afueras del Instituto de Ingeniería de la UNAM, donde se llevó a cabo la “Velada por la vida” un acto de memoria por las víctimas de feminicidio y la desaparición de miembros de la comunidad universitaria, la ceremonia se realizó junto a una caseta telefónica desvencijada y solitaria, pero que trágicamente se convirtió en un sitio de memoria, una antimonumenta, ahí el 3 de mayo de 2017, fue asesinada, Lesvy Berlín Rivera Osorio, por su pareja sentimental Jorge Luis González Hernández. Araceli Osorio, madre de Lesvy, lleva documentando estos pasajes que ocurren en la UNAM, y esa noche señaló: “En la UNAM, hay maltrato, violencia, inseguridad, feminicidios, acosos y desapariciones de integrantes de la comunidad, pese a que lo hemos denunciado y pedido a las autoridades tomen cartas en el asunto hemos sido ignoradas. La UNAM debería hacer un binomio con la sociedad a la que se debe, pero no, hasta ahora sólo nos queda sanar con actos de memoria”. Aunque no lo parezca, el campus de la UNAM también tiene su sitio de memoria y del dolor.



La violencia desde la espacialidad
El espacio público es público hasta que ciertos acontecimientos influyen para dar una vuelta de tuerca y condicionar esa naturaleza y apostar por decisiones totalitarias, hecho que conlleva la práctica de varios agravios, y el mundial de futbol ha servido para eso. La disputa desde ese “Templete ideológico” que señala Habermas, hoy dio la posibilidad al Estado de imponer una narrativa: “El tiempo del festejo”, con lo que ha encontrado una eficiente fórmula para violentar y golpear los sitios de memoria que representan los antimonumentos, su fórmula: convocar a las masas a salir a las calles, acaso sin un plan muy preciso, pero a la larga con efectos indiscutibles, el desenfreno es útil para violentar de diferentes maneras los antimonumentos y sus memorias de dolor. Varias comunicaciones a la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México para saber cuál era el protocolo de cuidado para los bienes muebles e inmuebles de la ciudad de México y, en específico, sobre los antimonumentos durante el Mundial de futbol, quedaron eternamente sin respuesta. El silencio también es un posicionamiento político.
Previo al inicio de la justa mundialista, el gobierno capitalino anunció la colocación, en distintos puntos de la ciudad, de pantallas para que el pueblo disfrutara la fiesta mundialista, en un hecho inusitado, en particular cuando México ya había sido sede para la celebración de otros campeonatos mundiales. ¿Cuál era la intención de sacar a la gente a la calle si podían ver el evento desde sus casas, como otras ocasiones había ocurrido? ¿Para qué que convocar a esta Rebelión de las masas? Mover a las colectividades siempre conlleva un interés, casi siempre, político. La baraja de respuestas, en este punto, se presumen abundantes. Al menos una, de muchas, parece clara, este marco mundialista ha servido para violentar de manera abierta y descarada a los antimonumentos como nunca había ocurrido en lo que va de su historia. El sociólogo Harry Pross, en su Estructura simbólica del poder, da cuenta de que las formas de agredir del poder político en turno también operan desde los ejes espaciales, en una lógica de libertad u opresión de los espacios. Son formas “sutiles” de asfixiar, ofender y aniquilar al otro so pretexto de “un bien mayor” que no necesita apelar al consenso. Invadir un espacio o “Desterritorializar al otro”, sostiene el sociólogo, es una manera de confrontar y disminuir algo o a alguien.
El miércoles 23 de junio, el gobierno de la CDMX, decidió poner más pantallas a lo largo de la Avenida Reforma, para que el pueblo pudiera disfrutar del partido de futbol de la selección mexicana, para ello, flanqueo algunos monumentos oficiales, pero de manera indolente ocupó algunos espacios donde se ubican algunos antimonumentos como el de Voces Abrazando Voces, en un gesto institucionalizado de violencia abierta hacia los sitios de memoria y del dolor. Pese a que la Colectiva Voces de la Ausencia solicitó el retiro de la pantalla, el Gobierno de la Ciudad prefirió sólo poner una valla metálica y permitió que la fiesta futbolera se llevara a cabo, privilegió el estruendo desenfrenado que pasó indolente sobre la herida abierta de las familias que en ese monumento materializan y simbolizan un abrazo para acompañarse y seguir adelante en un trágico destino que no pidieron vivir. Durante y después del evento los resultados fueron evidentes, se invadió el espacio, se maltrató el jardín, se arruinó el pasto, se lastimó la escultura, y el antimonumento, depósito de muchas historias trágicas se convirtió en un depósito de basura. No se no se trató de una agresión de baja intensidad hacia los antimonumentos, se trató de una agresión abierta que subió de nivel, promovida y consentida por el propio gobierno que permitió que ahí se dieran cita multitudes desenfrenadas a “festejar”. El inconsciente es soluble en alcohol y las drogas, apunta la mirada freudiana, ¿qué se podrá esperar de una multitud con el magma de pulsiones y frustraciones guardadas y que en estos días fueron estimuladas para que hicieran erupción y que detonaran en los sitios de memoria y los antimonumentos?



El Zócalo de la Ciudad de México, ha sido uno de los grandes escenarios desde donde se llevaron a cabo los llamados Fan Fest mundialistas, fue el principal escenario para la capital de la República. Ahí está una pantalla de grandes dimensiones, cuenta con un escenario donde se llevan a cabo diversos espectáculos, asimismo, en la plancha se colocaron una serie de carpas que, cuando no hay partidos, ahí se realizan una serie de actividades lúdicas en torno al mundial de futbol. El acceso al Zócalo está controlado, incluso en los horarios que no hay juego, pero también esos días se activan los filtros de acceso. Desde temprana hora hay gente formada para poder ingresar, el tiempo de espera es delirante, una familia que ha llegado desde las 6:00 de la mañana para poder ingresar, reclama acaloradamente a los policías “por qué tanto tiempo, si venimos de tan lejos, deberían ser más considerados”, esto tras enterarse que el acceso comenzará hasta las 12 del día. Son 6 horas de espera pero el delirio es mayor y lo soportan.
El Zócalo es el espacio estelar para México en este evento deportivo, pues se trata de un espacio clave: del Centro Histórico, es el lugar de memoria por excelencia, diría el historiador Pierre Nora. El Zócalo ha sido testigo de muchos de los pasajes emblemáticos de la historia del país, incluidos los capítulos más célebres y de tensión política, ha sido incluso, el sitio de las grandes manifestaciones en contra del Estado. En 1968, ahí desembocaron las grandes manifestaciones estudiantiles, muchas de ellas emblemáticas, porque lograron superar las convocatoria masivas del Estado; los jóvenes fueron capaces de abarrotarlo; en la memoria y diversas fotografías quedaron plasmados esos momentos, incluidas aquellas escenas de las de las tanquetas militares y otros cuerpos policiacos agrediendo a los estudiantes, quienes sin temor los enfrentaron. Sin duda, un pasaje de memoria que no debe olvidarse. Por eso, el 2 de octubre de 1998 se colocó en El Zócalo, a un costado de la Catedral Metropolitana, el Antimonumento 1968, por el comité del 68 y otras organizaciones civiles, justo para conmemorar los 50 de años de la masacre estudiantil del 2 de octubre, ocurrido en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Tes mensajes simbólicos destacan en el antimonumento, la emble mática paloma del Comité de Huelga del 68 y las frases: “1968, 2 de octubre, no se olvida” y “Fue el ejército. Fue el Estado”.
Desde esos años, la escultura había permanecido ahí, como un antimonumento de memoria, libre, abierto a la mirada pública, instalado en el Centro Histórico como un acento de memoria de justicia y verdad. Pero en este entorno por las fiestas futboleras también ha sufrido los embates de “Desterritorializar al otro” y con ello las memorias que enarbolan, en una dupla perversa del Estado y la FIFA, el antimonumento ha quedado secuestrado por las estructuras del espectáculo. Está ahí, pero invisibilizado y silenciado para contar a los visitantes del mundo su historia, los relatos de la violencia del Estado y su brazo armado, el Ejército. Hoy como nunca, so pretexto de la fiesta futbolera, se ha castigado ese espacio de memoria, sin respeto a su significado. El antimonumento ha sido sometido y ha quedado anclado a la tramoya del espectáculo, prácticamente como soporte de un tinaco de agua, sin protección alguna, ni signos de un cuidado preventivo ante algún tipo de riesgo. Aunque de alguna manera sí se trata de prevenir un riesgo, el riesgo que significa denunciar al Estado mexicano en su responsabilidad en la de violación de los Derechos Humanos y la práctica de crímenes de lesa humanidad.


La agresión hacia los sitios de memoria, practicada por Estado en el contexto del mundial, puede ser recibido, por algunos sectores de la sociedad, como un mensaje de concesión para la invasión espacial de sitios que, en términos inmediatos, sugieren valor particular. Es una invitación a la invasión territorial sin miramientos y sin castigo. Así, una sociedad convocada a tomar las calles, prácticamente sin acuerdos y sin orden, se adjudica la toma espacial para fines personales, así el comercio ambulante tomó los espacios de los andadores mundialistas para sus fines; por supuesto no se trata de criminalizar a los comerciantes que salen a ganar el dinero para solventar sus gastos de vida. No obstante, pasar por encima de los espacios de memoria y los antimonumentos para utilizarlos de pasarela y puntos de venta tampoco es una señal positiva. Así ocurrió con el Antimonumento +43, que hace memoria a los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa y de otras personas que sufren estos infortunios. Ahí el pasado 24 de junio, el mural fotográfico que muestra los rostros de los alumnos desaparecidos fue cubierto con un tendedero de ganchos con playeras de la selección mexicana y se convirtió en un punto de venta. Acaso sean acciones pasajeras, pero que no dejan de ser significativas, revelan sus dosis de corrupción complaciente que permiten venta en zonas prohibidas, pero que de paso permiten al Estado un acto de borramiento de la memoria, de indiferencia a una herida que no cierra y de ofensa a los jóvenes desaparecidos y sus familias que, como lo han dicho una y otra vez, no son sólo fotografías “son la presencia ausente de nuestros hijos”, es otro agravio a los antimonumentos, ya no operada directamente por el gobierno, pero permitida por éste, donde la actuación espontánea y anónima, le redunda en un hecho de borramiento de memoria, en una suerte de violencia simbólica concedida: las playeras del negocio futbolero para ocultar los rostros de las víctimas que esperan por justicia.

Todo hecho social, sobre todo los que se asumen como grandes acontecimientos planetarios, revelan distintas urdimbres, en este caso cómo una fiesta futbolera capitalista monumental, desenmascara una realidad, y revela cómo en este contexto, ningún proyecto aunque se presente de izquierda o progresista lo es, antes bien dejan ver que esos proyectos danzan a las órdenes que impone el capitalismo imperante, que a la hora de tomar elección, la izquierda progresista, no toma posición del lado del pueblo, y más aún que son capaces de echar a andar una maquinaria estatal abierta para borrar como en este caso, los signos de memoria y de dolor que enarbolan los sitios de memoria y sus antimonumentos.
La mañana del martes 30 de junio, en otro acto de lucha, las colectivas buscadoras marcharon rumbo al Estadio Azteca, pero en esta ocasión fueron reprimidas por distintos grupos policiacos, signo de una guerra que aumenta de intensidad, ese día por la tarde hicieron una denuncia al respecto y marcaron un posicionamiento desde su sitio de memoria, La Glorieta de las y los Desaparecidos, donde dejaron en claro que su lucha no cesará. Recorrer la Glorieta significa entrar a una vorágine circular para ver y leer las diversas historias que se compendian en los bloques de metal, formando distintos árboles genealógicos de dolor, que hoy resisten los embates del Estado so pretexto de la fiesta futbolera. Detrás de esas vallas del dolor está otro árbol, que el gobierno quiso proteger, sí, paradójicamente para salvaguardar su vida, pero que en este contexto completa una escena enrarecida, una “celebración de vida” por la naturaleza, pero el abandono y el vacío hacia un fenómeno humano doloroso que quiere negar.



